Este fin de semana, la Basílica recibió a miles de peregrinos que, como cada año, llegaron desde diferentes puntos de la ciudad y la provincia para acercar a la Virgen sus agradecimientos y plegarias.
“En cada uno de los peregrinos se encuentran realidades que nos redimen”, expresó el párroco, Pbro. Olidio Panigo. Foto: NÉSTOR GALLEGOS
Los ojos cristalinos y la extensa sonrisa de Jésica Magallanes iban a contramano del cansancio que sentía su cuerpo. Tras seis horas de caminata, pudo cumplir su promesa: llegar a la Basílica de a pie, desde Sauce Viejo. Contó que nunca antes lo había hecho y que no fue fácil; que debió parar dos veces -en Santo Tomé y en la Terminal-, pero no se sentó a descansar. Confesó que por momentos se tentó a tomar un colectivo pero que la razón fue más fuerte: “Tenía que llegar”. El sacrificio parece haber valido el esfuerzo: “Llegué arrastrándome pero llegué -exhaló, satisfecha-. Cuando vi la Basílica sentí una alegría inmensa y me largué a llorar... fue hermoso”. A sus 21 años, ella ya cumplió, le entregó a María su cansancio.. ahora, espera que el cielo le conceda aquello que sola no puede lograr.
Sus pasos fueron los de miles que partieron desde diferentes localidades de la provincia -Coronda, Arroyo Aguiar y Santa Rosa de Calchines, por citar sólo algunas- con un mismo objetivo: pedir o agradecer a la Virgen de Guadalupe, en el día de su Fiesta.
Este fin de semana, como cada segundo domingo después de Pascua, la Basílica de Guadalupe volvió a ser reflejo de una Santa Fe que agradece lo poco o mucho que tiene y pide por sus necesidades. Como Beatriz Acuña, quien desde hace 68 años se acerca “a cumplir con la Virgen, a agradecer y pedir por la familia, por el país y por la paz... como todos los años, alguna vez se nos va a dar”.
Quizás sea la esperanza, la fe o una mezcla de ambas la que cada año convoca a miles de santafesinos a pies de la Basílica; que colma su extenso templo en cada una de las diecinueve misas que se celebran como parte de la Fiesta. Quizás sea ese consuelo que los hace exhalar al llegar de a pie e incluso de rodillas al Camarín de su Señora y estallar en aplausos y ovaciones -al grito de “¡Viva María!”- cada vez que su imagen aparece en lo superior del altar, al finalizar la celebración. Las razones son tantas como los ojos que la miran y se acercan desde lejos para elevar, desde un poco más cerca, su oración.
Florencia Arri farri@ellitoral.com
Fuente: Diario El Litoral, Edición del Domingo 26 de abril de 2009.
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